Descubro el rayo, tus ojos tiemblan es una invitación a sumergirse en un trance: una serie de retratos intermitentes cuya potencia estudia los efectos físicos de la luz en las personas retratadas y espectadoras. Hablamos con su autor, el asturiano Guillermo Braga, que nos trae esta film performance que se podrá ver por primera vez en el (S8).

Primero que nada, te quería preguntar por los retratos en los que se centra la performance. Hablas de «retrato psicológico», de cine mudo y de los Screen Tests de Warhol, entre otras referencias. ¿Nos puedes desarrollar esto? ¿Cómo fue el trabajo con las actrices y actores?
En las imágenes para mí hay ecos iconográficos y personales del cine, y una disposición técnica, casi fotográfica, que toma inspiración de los famosos Screen Tests (1964-1966). En esencia, la idea inicial nace por el deseo de filmar la expresividad de una obra que se sostiene solo a partir un rostro y destilar eso hasta el límite.
Con las personas participantes establecí un proceso de conversación en torno al proceso artístico para que tuvieran un papel activo donde aportar. El objetivo fue generar un espacio íntimo, en el que la persona se situaba delante de la cámara en una sala a oscuras. En posición cenital, había dispuesto un set de luces que yo controlaba a distancia. Les proponía empezar mirando a cámara y poco a poco intentar mirar al interior de la luz. A medida que se adentran, el control del foco del ojo y su noción de la posición de la cámara, las luces y el espacio desaparecen. Ahí nace un registro de gestos involuntarios, no contaminados por la interpretación actoral, y relacionados con un trance que se consigue solo a partir de la fuente lumínica. La luz afecta física y psicológicamente y revela a cada persona del conjunto en su propia individualidad.
El ejercicio fílmico cruza su propio umbral cuando el espectador, a través de la pantalla, asiste al mismo efecto.
¿Cómo se relaciona todo esto con el dispositivo del cine, con la intermitencia y con los posibles efectos sobre el espectador?
En la imagen aparece una luz cegadora que de pronto desaparece, y así constantemente. A través de ese mecanismo, accedemos a una serie fragmentada de rostros y miradas, como registro de lo que sintieron esas personas con esos destellos, que por otra parte es algo interno e inaccesible. La luz intermitente activa huecos en negro tras la imagen que se desvanece y, cuando el haz del proyector se apaga, como espectadores, nos devuelve a nosotros mismos por un instante.
Los elementos que aparecen son pocos: la luz, el desvanecimiento y el rostro. Aquí es donde el formato cobra un papel protagonista, ya que el medio fílmico genera una capa de materialidad absoluta que se manifiesta como sensación física de la luz en la película.
Tras el destello, a veces se revela una postimagen que se imprime en la retina unos instantes después de desaparecer por completo. La luz intermitente hace evidente la animación del cine, de manera caótica y desincronizada; es como si la cámara se emancipase del obturador. Lo que el espectador piense o sienta ya no depende más de mi intención, sino de cómo encaje la experiencia estética.
Esta obra se presentó en principio como instalación; ¿nos puedes hablar de su adaptación a film performance?
En instalación, el espacio me permitía jugar con un recorrido, una disposición envolvente y una escala más grande de pantallas en la sala que juegan con la intermitencia de manera expandida. Aquí el espectador elige su propio itinerario y tiempo. En esa versión, la pieza estaba digitalizada. Ahora se presenta por primera vez en una copia positivada del formato original en color.
Creo que hay algo muy potente en asistir a la proyección completa, que pasa por enfrentarse a una propuesta abiertamente repetitiva y a la vez incapturable. La banda sonora, a cargo de Guillermo Rojo, actúa de vehículo conductor de esa fragmentación, y la imagen proyectada cobra especial sentido en su formato original junto a las máquinas de proyección, que expanden la pantalla clásica, al servicio de la experiencia desbordante. La proyección en directo y la sala de cine incrementan la energía y el poder colectivo de asombrarse ante la luz, sumergirse en el trance y estar más cerca de la experiencia de los actores durante la grabación.





