La artista colombiana residente en Helsinki Paola Guzmán Figueroa nos habla de su performance Trazos generacionales, en la que teje un relato íntimo cruzado por las líneas migratorias y los lazos familiares entre mujeres.

En tu performance es muy llamativo el simbolismo de elementos como el agua. ¿Nos puedes hablar de esto?
Yo soy de Bogotá, una ciudad situada a aproximadamente 2600 metros sobre el nivel del mar, rodeada de montañas, donde los cuerpos de agua no forman parte del paisaje cotidiano. El río más cercano lleva muchos años contaminado, así que durante mi infancia tuve muy poco acceso a él. Para muchas personas en Bogotá, el mar es algo distante, casi desconocido.
Mi primer acercamiento al mar fue en 1993, cuando mi familia y yo migramos a Venezuela, a la isla Margarita. Fue un intento de migración que no resultó como esperábamos y regresamos a Colombia tres meses después debido a la situación política del momento.
Años después, cuando migré a Helsinki a los 21 años, fue la primera vez que vivía fuera de casa y también la primera vez que habitaba tan cerca del mar, junto a un puerto. Curiosamente, mi hermano también había migrado a Vigo, en España, una ciudad portuaria muy ligada al océano, mientras que mi hermana vivía en Maputo, Mozambique. Los tres hermanos, separados por geografías muy distintas pero unidos por el agua.
Por eso, en mi trabajo el agua no aparece solo como un elemento visual o poético, sino como una memoria viva. Ha acompañado nuestras migraciones familiares desde el inicio y, con el tiempo, se ha convertido en un símbolo de conexión, distancia, desplazamiento y pertenencia. De alguna manera, aquello que una vez fue desconocido terminó uniéndonos.
Es muy hermosa la imagen de las cuatro generaciones de mujeres trenzándose el cabello. ¿Nos puedes hablar de la importancia de ese gesto y de tu trabajo con el pelo en la tira de celuloide?
El hecho de migrar a un país tan lejano y distinto a Colombia ha sido una parte central de esta exploración. La distancia me ha llevado a mirar mis orígenes y los vínculos familiares de una manera mucho más consciente. También hay una reflexión importante sobre la familia y el género. En mi familia siempre han predominado las mujeres, así que mi obra también busca exaltar el rol de mi abuela, que ahora es bisabuela, y, al mismo tiempo, reconocer esa presencia matriarcal y la importancia de las mujeres dentro de nuestra estructura familiar y también en la sociedad.
Este performance y la acción de trenzarnos el cabello surgieron como un acto de celebración: el nacimiento de la cuarta generación de mujeres en mi familia y, a la vez, el reencuentro familiar después de muchos años de separación. Mi nanita, mi abuela, como primera generación; mi madre, como segunda; mi hermana y yo, como tercera; y Catalina, como cuarta generación. Y es muy bonito pensarlo ahora que estoy en este festival: Catalina nació en Galicia, en Vigo.
Para mí era importante que existiera un gesto compartido entre nosotras, una acción hecha con nuestras propias manos, donde pudiéramos construir algo juntas y dejar una huella física y simbólica entre nuestros cuerpos.
Acerca del cabello, como te comentaba, llegué a Finlandia a los 21 años y, viviendo por primera vez lejos de casa, tuve el impulso de cortármelo de una forma radical. Fue casi un gesto de transformación, muy parecido al cambio que estaba atravesando en mi vida al mudarme a un país tan distinto. Guardé ese cabello sin saber muy bien por qué. Tiempo después decidí sacarlo y comenzar a experimentar con él como material artístico.
Aunque el cabello no es un objeto vivo, su crecimiento y persistencia lo convierten, para mí, en un portador de memoria, situado entre lo biológico, lo ritual y lo simbólico. Con el tiempo me di cuenta de que mi cabello compartía un lenguaje muy cercano al del celuloide: ambos son líneas de tiempo, superficies que guardan huellas, historias, presencias y la memoria de un momento vivido.
Sobre la presentación de la performance, la acumulación de las capas de imagen parece evocar también las capas de cariño y conocimiento que se acumula a través de las generaciones. ¿Puedes contarnos cómo surge la idea del trabajo multiproyector y cómo es tu proceso en ese sentido?
El uso de los tres proyectores surge como una forma de expandir esta historia y su dimensión emocional. Para mí, es casi como si los tres proyectores formaran un solo cuerpo expandido. El proyector central contiene el corazón de la pieza: las imágenes más ligadas a esta historia familiar, que no siguen necesariamente un orden lineal o narrativo tradicional, sino que funcionan más desde la memoria, que aparece de forma fragmentada, intuitiva y emocional.
Los dos proyectores laterales, que funcionan en loop, para mí son casi como dos manos que sostienen esa imagen central, la acompañan y dialogan con ella. Sus capas visuales expanden los significados y permiten que las imágenes se encuentren entre sí de maneras inesperadas.
Me interesa mucho cómo, a través de la superposición, aparecen nuevas lecturas y emociones que quizás una sola imagen no podría contener. Es casi como si esas capas funcionaran como una piel o una memoria compartida, donde sentimientos, recuerdos y conexiones entre generaciones comienzan a salir a flote de una forma más intuitiva que racional.
Por último, es muy interesante la imagen de la mujer que sujeta una tira de película que parece salir de la cámara/proyector, como una especie de ligazón entre la realidad y la imagen filmada. ¿Nos puedes hablar de esto?
Sí, cuando filmé esas imágenes por primera vez fue durante una residencia en Finlandia. Estaba sola y sentía una necesidad muy fuerte de que mi propio cuerpo también estuviera presente dentro de la imagen, pero sin abandonar la cámara, como si de alguna manera siguiera atada a ella. Esa conexión era tan fuerte que también la llevé conmigo al lago más cercano y filmé mientras yo misma entraba al agua.
Esa imagen simboliza justamente esa unión entre mi cuerpo, la imagen creada y la memoria que queda plasmada en el material. Hay algo en esa conexión física que me interesa mucho, porque hace visible ese vínculo entre quien recuerda, quien filma y la imagen misma. Es casi como un cordón, un puente entre la experiencia vivida y su registro.
También siento que funciona como una especie de arraigo a la memoria, a aquello que estoy intentando contar o evocar a través de la pieza. Aunque pueda parecer un gesto narrativo, para mí termina moviéndose hacia un lugar mucho más abstracto.





