Morada Aberta es una obra que conjuga formatos (vídeo digital, cine analógico, imágenes de archivo, intervenciones en directo y un juego de pantallas) para rearmar frente a nuestros ojos la memoria fragmentada del saber ancestral de las curanderas, devaluado y silenciado por la historia. En esta entrevista descubrimos las ideas y el proceso que hay detrás de esta performance de la mano de su creadora, la portuguesa Tânia Dinis.

¿Cómo empieza tu interés por las curanderas y por todo ese saber ancestral?
Mi interés surge en gran medida de mi propia experiencia y de los recuerdos de mi familia. Crecí en Seide (São Miguel), en el Baixo Minho, donde era muy habitual acudir a las curanderas como parte de un proceso de cuidado y de relación con el cuerpo, la enfermedad y la naturaleza. Mi abuelo es un gran conocedor de las plantas medicinales, y estas historias de brujas, de curación y de transmisión oral siempre han formado parte de mi imaginario familiar. Yo misma he acudido muchas veces a las curanderas y sigo haciéndolo.
A partir de ahí, empecé a ver estos gestos no solo como rituales populares, sino como formas de conocimiento invisibilizadas, ligadas al trabajo, a la tierra, a la escucha y a la experiencia colectiva. Me interesa pensar en la curación no solo como un rito, sino también como un gesto de relación y de memoria.
¿Cómo fue el proceso de investigación? ¿Qué lugares recorriste, cómo fue el trabajo con las mujeres que retratas?
El proceso partió de mis recuerdos personales y se fue ampliando a otras zonas del norte de Portugal, sobre todo al Alto y al Baixo Minho, a Galicia y a la costa atlántica. La investigación se llevó a cabo a través de la convivencia y la escucha: acompañando el día a día de estas mujeres, observando sus gestos, sus ritmos de trabajo, sus relaciones con la tierra, con el mar y con los ciclos naturales.
Mi trabajo siempre surge muy vinculado al archivo, a la recopilación de imágenes, objetos, grabaciones e historias. En este caso, el archivo también se construyó a través de las conversaciones, los testimonios y el intercambio íntimo. Hay una dimensión documental, pero también ficcional y poética. No busco representar a estas mujeres de forma lineal; me interesa más bien crear espacios de memoria, de presencia y de imaginación a partir de lo que recojo.
Tienes un montaje escénico muy interesante y ambicioso. ¿Nos puedes hablar sobre el proceso de dar forma a la performance? ¿De dónde viene la idea de las pantallas múltiples y qué representa? También de la mezcla de formatos, que está muy presente en otros trabajos tuyos.
El dispositivo escénico surge en gran medida de la idea de la puesta en escena como ritual. Me considero una mediadora de la imagen y el sonido. Trabajo las imágenes como materia viva: las recorto, las reorganizo, las proyecto sobre materiales transparentes, sobre mi cuerpo, sobre otras imágenes. Las múltiples capas visuales funcionan como capas de memoria, de percepción y de tiempo.
Me interesa que el público pueda construir sus propias imágenes a partir de la fragmentación, la superposición e incluso la ruptura de esas imágenes. Hay un intento de deshacer una lectura única y abrir espacio para una experiencia más sensorial e íntima.
Las múltiples pantallas surgen de ese deseo de crear diferentes planos de presencia y de hacer dialogar imágenes materiales y proyectadas, pasado y presente, archivo y cuerpo. La mezcla de formatos también forma parte de mi práctica: cruzo vídeo digital y analógico, proyección, fotografía, sonido grabado en magnetófonos, materiales transparentes, cine expandido y composición de imagen en tiempo real. Me gusta esa tensión entre lo documental y lo ficcional, entre lo que parece desaparecer y lo que aún permanece.
¿Qué representa la inclusión de tu propio cuerpo en escena?
Mi cuerpo aparece como una capa más de la imagen y la memoria. No está ahí solo como presencia performativa, sino como un cuerpo que activa el archivo y crea relaciones entre los diferentes materiales.
Me interesa pensar en el cuerpo como un lugar de transmisión: un cuerpo que escucha, que compone, que convoca fantasmas, recuerdos y ausencias. A menudo, el gesto se vuelve tan importante como la propia imagen. Al poner mi cuerpo en escena, también asumo una posición personal dentro de la obra: no estoy observando estas historias desde fuera, formo parte de ellas. Existe un vínculo íntimo y biográfico con los temas que trabajo, y el cuerpo acaba funcionando como puente entre el presente y aquello que permanece en la memoria colectiva y familiar.





